miércoles, 11 de diciembre de 2013

Café Rouge

Por ahí en unas cuantas reseñas de determinadas revistas dicen que soy una escritora afamada y de prestigio y que merezco estar en la cúspide junto a los mejores literatos de este país. Creo que son parrafadas sensacionalistas propias de una crítica literaria no académica, y aunque en absoluto estoy de acuerdo con ellas, no me queda más que asentir, sonreír y dar las gracias.  Lo que realmente creo, sin embargo, es que he sabido adaptarme a lo que los tiempos requieren de mi prosa y por qué no admitirlo, quizá me haya vendido un poco. Siempre me quedará, no obstante, este pequeño rincón que apenas alguien conoce para poder escribir lo que siento, aunque sea bajo una máscara y un pseudónimo. Aquí puedo ser nadie y cualquiera  a la vez. Sin deberme al mundo. Aquí soy una loca más con pretensiones vanas y poesía barata que hace inmortal lo que considera, movida por el egoísmo de querer sanarse e hipertrofiar su ego a un mismo tiempo. Cabría la posibilidad de una opción altruista e incluso heroica, que es la de regalar a todas aquellas personas a las que he hecho inmortales en mis textos aquello que ellas, sin saberlo, han insuflado en mí: inspiración. Por toda esa inspiración que altruistamente ellas me han brindado yo debería, ¡qué menos!, regalarles ese pedacito de inmortalidad. Sin embargo, no lo he hecho. Porque en el fondo soy una cobarde. Y porque no son buenos tiempos para los poetas, aunque sean tan malos como yo.

Hace un par de semanas, mientras tomaba un café y unas tostadas con mantequilla y azúcar en el café Rouge (une pâtisserie que j'aime), un fiel amigo se unió a mí antes de que yo cogiera el avión que me separaría de mi país durante bastante tiempo. Yo sólo había comprado el billete de ida, pero no el de vuelta. Era demasiado temprano para pensar en la vuelta, definitivamente.



Después de hablar sobre cosas banales, me preguntó algo de una forma tan directa que me sorprendió. Realmente no esperaba un disparo así. A me preguntó cuándo había sido la última vez que había sido feliz -según él, a modo de reflexión previa al gran paso que iba a dar-. Yo le respondí, intentando autoengañarme con pose de mujer sencilla, que lo que a mí me hacía feliz era estar con mi familia y con amigos como él. Seguidamente me miró a los ojos con escepticismo, enarcando una ceja, como si yo fuera carne de psicoanalista y él un escéptico médico de esos. "Ponte seria de una vez, K", espetó. "Nunca he hablado más en serio", dije por toda respuesta con una risa nerviosa, intentando fingir una solemne serenidad. A removió la leche con nescafé de su taza con tal lentitud que quedé como embobada, sumida en ese giro circular y perfecto de su cuchara sobre la espumilla que sobresalía del recipiente.

Y volvió a la carga. Me preguntó lo mismo una vez más, insistiendo en que hacía meses que él me veía más rara, más encerrada en mí misma que de costumbre, con la mirada perdida en cada reunión de amigos que hacíamos e incluso en las conferencias a las que él asistía para apoyarme. Me dijo que me veía más... vieja.

- Quizá tenga el alma vieja -respondí, un poco herida.
- Dejemos de jugar a ser poetas en la vida real, Kate. Esta es algo más terrible y cruda que la que tú pintas en tus relatos más lacrimógenos y austenianos. En esta dimensión debemos ser prácticos y dejar los sueños para cuando queramos hacer vanguardia -contraatacó.

Tras su discurso le dirigí una mirada que habría helado a cualquiera. Con él podía permitirme esas licencias. Me conocía bien. Le miré así porque sabía -ambos sabíamos- que estaba raspando con un cuchillo afilado la superficie de una tapia que protegía mi mundo interior, una tapia que encerraba -y él lo sabía también- los recuerdos de lo que verdaderamente me había hecho VIVIR.

-Si vas a venirme con el numerito del amigo que dice siempre "has cambiado" cuando alguna personalidad de sus allegados no le cuadra, o un "te has dado a lo superfluo", pago la cuenta en este instante y me voy. He venido aquí para tomarme un último café contigo, no para que me eches sermones o me digas cómo tengo que vivir mi vida. -Él suavizó su gesto y me acarició la mano con ternura, tratándome como el hermano mayor que había sido siempre para mí:

- Baja un poco la guardia, K. Ya sabes, como aquella vez. Expresa lo que sientes, arriésgate. Lánzate al vacío pero no te niegues el derecho a SENTIR. Siente como esa chica valiente que conocí, más auténtica que ninguna otra, sin muros inquebrantables, vitalista, con esas ansias de vivir.

En ese momento mis ojos se empaparon y me reí de mí misma por lo ridícula que debía de estar pareciendo, intentando contener mis lágrimas. Era como si todo se arremolinara en torno a mi corazón en aquellos instantes: el recuerdo de lo que fui, de lo que me rodeaba, de lo que dejaba atrás y el miedo a lo venidero. "Hacía tiempo que no hacía esto", confesé.

- Lo sé. A no todo el mundo le interesa quién eres o cómo eres y quizá pocas personas estén dispuestas a adentrarse en el hermoso laberinto que puede resultar tu alma, aunque no por bello siempre ameno de recorrer. No eres fácil, Kate. Y tampoco te lo pones fácil a ti misma. Pero vales la pena. Te aseguro que vales la pena, aunque te demonices constantemente.

- Eso no lo pensó él cuando se fue -solté la verdad que yacía enquistada bajo la superficie. La bomba que A llevaba esperando todo este tiempo-. Él jamás quiso descubrir ese laberinto porque en todo momento la prefirió a ella. ¿Que cuándo fue la última vez que fui realmente feliz?  Cuando nos escapamos aquella noche de invierno, cuando sus manos se entrelazaron con las mías mientras me miraba con su cara de duende travieso y sus ojos gritaban en silencio un "disfruta de la función, mademoiselle, porque nunca será real. Nunca seré tuyo, pero esta noche y sólo por unas horas serás feliz, más que nunca en tu vida, creyendo que te amo o que alguna vez lo haré".



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