domingo, 11 de mayo de 2014

Naturaleza muerta



Caminando por el puente, como tantas otras noches, decidí parar el tiempo con la mente. Los transeúntes otoñales, con sus gabanes grises y sus vestidos pasteles quedaron petrificados y empezaron a volverse translúcidos. Observé esa inquietante quietud, expectante. Me acerqué a uno de ellos: era una chica de belleza prerrafaleita, de ojos azules y cabellos cobrizos. En su mirada leí un quiero estar sola. Aquella tristeza me aplastó y en seguida me alejé de ella buscando respuestas en otro lugar. Me acerqué así a otro de los transeúntes, un joven de unos treinta años que sujetaba un móvil mientras leía un no quiero volver a verte nunca más. La remitente era una chica de nombre extranjero. Sobre ella pensé que era una ironía aprender un idioma para tener que usarlo al despedirte de alguien a quien alguna vez amaste. Una lágrima se había congelado en la mejilla de aquel joven mientras sus dedos apretaban fuertemente el teléfono. “Qué oportuna soy cuando decido parar el tiempo”, pensé.

La soledad era aplastante en las calles de la ciudad. Las luces de las farolas daban un toque fantasmal a aquel escenario y las estatuas descorazonadas se volvían invisibles paulatinamente sin que yo pudiera hacer nada por introducir la vida dentro de ellas de nuevo. De un momento a otro, una de aquellas figuras empezó a moverse y se acercó despacio hacia mí: era la de la chica que en su inmovilidad me había transmitido lo sola que deseaba estar. Me susurró en el oído que la única que veía fantasmas era yo porque había sido la primera en morir de desilusión.

- Estás tan muerta como yo y ni siquiera lo sabes. Todavía estás en la fase de negación; espera y date tiempo. Eres tozuda como para aceptarlo y eso te ha llevado a crear con tu mente este espacio tan gélido en el que crees que eres la única que respira y camina.

Nadie podía verme excepto ella, la chica de pelo cobre que había dejado de creer como también lo había hecho yo. Y es que no hay pena que frustre tanto como recordar que una vez creíste en alguien que jamás te dio razones para ello. Perder la ilusión, dejar de creer en alguien por quien habrías justificado lo injustificable y darte cuenta de que no hay forma de rescatar el ensueño en que dormíais es una pena tan inasible y absurda como demoledora.

Que un absurdo que escapa a mi control me cause esta desazón es imperdonable.

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