lunes, 3 de noviembre de 2014

The Linda McCartney's Story


She was the love of my life... The kindest woman I've ever met; the most innocent, Paul McCartney.

Tú también fuiste el amor de mi vida. O al menos te parecías a él.

 


Tenías los mismos grandes ojos caídos. Tu talento era inigualable y creías que yo era como ella. Incluso nuestros nombres empezaban por la misma grafía. 

Ahora sabemos nunca fuimos ellos y que jamás lo seremos. Y no podré dejar de maldecirte nunca. No. Ni aunque pasen cien años y no viva más para verte en un remoto rincón del planeta, aquel en el que te prometí que nuestros mundos colisionarían.

Porque te esperé. Esperé a que decidieras coger mi mano mientras me apoyaba sobre la guitarra y te observaba desnudo preguntándome qué demonios maquinabas en tu cabeza, a qué estabas esperando para ser feliz. Pero sólo tenías monstruos dentro que querían tragarnos a ambos (yo también tenía mis monstruos, pero ellos no te querían a ti). Nunca he conocido algo tan miserable.

Mientras tanto, yo cantaba. Pese a todo nunca dejé de cantar, aunque tú miraras hacia otro lado y no escucharas. Este fue el motivo que me llevó a tomar la decisión de dejar de cantar para ti: nunca, jamás me tomaste en serio. Hacer las maletas no fue fácil, créeme, pero pensé que era mejor cantar en otro lado. Con suerte alguien sí me escucharía.



Y vaya, ni te enteraste de mi partida. Quizá porque me escondí y me escapé a hurtadillas, sin hacer ruido, como cuando nos escondíamos del mundo para estar juntos, como cuando nos reíamos de todos en sus narices. Pero es que yo no quería decirte adiós. Tampoco podía ser tu amiga y mirarte a la cara como si no guardara dentro tanto resentimiento.

Por eso preferí cantarle a los bellos canales, al frío del agua congelada en los verdes prados, a las hojas sangrientas del otoño neerlandés. Me sentía intocable tan lejos de ti, como si nadie pudiera hacerme daño nunca más. Ni siquiera tu recuerdo me llegaba en la misma frecuencia ni con la misma fuerza, esa que que ejerciste sobre mi cuerpo durante tantas noches [Tanta violencia y ni un solo rasguño visible]. Y borré tu número y tiré a la basura todo lo que me recordara a ti. Sin embargo, a veces, cuando veo esta foto de Linda, Paul y Mary, una de mis favoritas de la colección de Lady McCartney, pienso...




...pienso que jamás olvidaré esos ojos caídos en mi vida. Me pregunto si ya habrás olvidado los míos y qué es lo que se te pasa por la cabeza cuando miras los suyos. Pienso, aunque bastante menos que antes, en lo trágico de todo esto, en la maldad con la que revestías tus mentiras y en tu falta de valor. Y aún así esa mirada tuya a veces se me sigue apareciendo en sueños, clavándoseme más si cabe en el subconsciente. Entonces me sobreviene aquella obsesión que fuiste y recuerdo lo loca que me volví, rogando a cualquiera para que me devolviera a la vida. 

Aún me sigo preguntando si valió la pena suicidarme tantas veces en tu cuerpo. Y es en estos momentos, cuando siento en mi alma todos los estigmas, cuando más te odio. Quizá porque no puedo borrar de mi mente todo lo malo que hiciste, incluso aunque otros pensamientos más amables irrumpan en mi memoria, como cuando bailábamos pegados Treat her gently, del Venus and Mars.

Te juro que hasta me lo creí.





Sí. Creo que fuiste el amor de mis días.... O al menos te parecías a él. Ahora es cuando me viene a la mente un fragmento de La invitada, de Simone de Beauvoir, a través del cual me transporto a aquel tiempo en que trabajábamos juntos. Las horas se prolongaban y acabábamos exhaustos. Sin embargo, siempre nos quedaban ganas para después. ¿Acaso no era eso maravilloso?

Nunca se cansaría de verlo trabajar. Entre todas las suertes de las cuales se alababa, ponía en primera fila la de poder colaborar con él; el cansancio común, el esfuerzo de ambos los unía con más seguridad que la posesión; no había ni un solo instante de esos ensayos extenuadores que no fuera un acto de amor -La Invitada, Simone de Beauvoir.







Pero la vida también pone a cada uno en su lugar, supongo. Y no me extraña viendo el resultado: al final no hubo cigarrillos en Holanda. Tuve que marcharme sola allí, sin ti. Tampoco pudimos fumar hierba después de hacer el amor ni componer todas esas canciones que íbamos a componer juntos. Se quedaron mudas en el corazón [o quizá las enmudeciste tú]. Nada de viajes a África, nada de escapadas al campo donde nadie pudiera encontrarnos, nada de perdernos por ahí. Y es que el mundo te importaba demasiado. 

A mí me importaba una mierda. 


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