martes, 13 de enero de 2015

Un tipo duro

Por quién gritaba lo sé y tú no
No preguntabas tú nunca, no.



No sé por dónde empezar. Podría trasladarme mentalmente a ese primer viaje en bus cuando no parabas de hablar y yo guardaba silencio porque estaba triste. Deseaba llegar a casa y que te callaras de una vez, para qué te voy a mentir a estas alturas. ¿Y qué le iba a hacer si eras un pesado y yo una triste? Un día decidí, quizá egoístamente, aliviar el peso de mis hombros pasándote a ti un poco de él. Supongo que notaste que me estaba volviendo loca y por eso abriste tus brazos para cargar con una parte. No te compadecías de mí, no sentías lástima, sencillamente se te da(ba) bien eso de ser un chico fabuloso. No me daba cuenta entonces, pero ahora sé que aquellos viajes en autobús contigo en los que decías cosas que no me hacían gracia eran mi medicina para soportar toda la presión que vendría después.

Y entonces te besé por primera vez en el metro londinense. Eran carnavales. Tus labios eran suaves y tus ojos me miraban de una forma extraña, como si no dieras crédito a lo que yo te estaba robando tan impunemente. Y nos cogíamos del dedo meñique en la noche como dos enamorados se cogen de la mano (éramos raros incluso para darnos el dedo). En otra ocasión, mientras nos bebíamos un batido de fresa, me preguntaste qué era lo que necesitabas para ser un tipo interesante. Ya sabes, como esos tipos duros que nos gustan a las mujeres y que luego nos joden la vida, dejándonos con el olor a mandarina del principio pudriéndose en nuestras entrañas. Lo cierto es que no recuerdo lo que te respondí pero estoy segura de que fue una soberana estupidez. ¿Quién me creía yo para instruirte a ti cuando eras quien pocos minutos antes estaba sosteniendo mi cabeza sobre tus hombros porque no dejaba de llorar por uno de aquellos tipos duros?

Nos acostumbramos al sabor del alcohol en nuestros labios, unos labios completamente rojos de tantos besos. Nos acostumbramos también al desquite y a olvidarnos a nosotros mismos durante unas horas en las que el mundo carecía de importancia. La diversión era lo que contaba. Definitivamente sabíamos cómo divertirnos. Entonces cogías y sin que yo me enterara les decías a tus amigos que algún día te casarías conmigo y que me llevarías el desayuno a la cama. Ellos se reían muchísimo contigo y entonces finalizabas tu maldición gitana diciendo 'pero no soy un tipo duro'. Claro, ibas muy fumado, era normal que dijeras esa clase de cosas. Cada vez que fumabas pensaba que eras un desheredado. No se me ocurría un adjetivo más preciso, no; tenía que ser ese, ese absurdo y ridículo adjetivo de filóloga rocinante.

Luego vino el verano. Un duro verano lleno de recuerdos, desamor y resentimiento, pero a ti te quedaba paciencia para escucharme y enviarme mensajes obscenos a las cinco de la mañana cuando volvías de fiesta. Decías cosas extrañísimas y yo me desvelaba sin quererlo justo a tiempo para leer todo aquello, conectados, como estábamos, por la ensoñación (uno por borracho y la otra por majadera). ¿Qué habría sido de mí sin tus locuras? ¿Qué habría sido de mí sin tu risa?

Movida por un nosequé me presenté aquella noche ante ti para verte tocar. Necesitaba verte tocar por última vez antes de coger las maletas e irme lejos. Fue la noche en la que te dije que me gustabas. No dabas crédito a lo que oías tras todo aquel tiempo en que solíamos gritar. Supiste perdonar que hubiera llegado con tanto retraso de la manera más dulce posible: colmándome a besos.

'¿A que no sabes dónde he vuelto hoy? Donde solíamos gritar'. Eso fue lo que me escribiste cuando volviste a aquel teatro vacío que recorríamos a oscuras mientras nos reíamos del mundo. Solo que ya no cantaba yo. De hecho, nunca más volví a cantar allí. A veces me pregunto si se te habrá olvidado cómo es mi voz.

Había sacado mis manos de los guantes para manejar el móvil tras su estresante bip bip. Qué frío. Inmediatamente después caí en la cuenta de lo gracioso que te habría resultado acariciar mi nariz roja.

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