lunes, 16 de marzo de 2015

Estación Central

Hoy, de entre todo el gentío que transita los grandes pasillos de la Estación Central, algo ha captado mi atención sacándome de mi torrente de pensamientos habitual. Solo hay una cosa que puede hacer que detenga el paso en un día a día en que todo es automático, gris, estresante y rápido. Esa cosa se llama música y en ocasiones, cuando la vida me viene grande, siento que es lo único que merece la pena.


El piano de la Estación Central que tantas veces he observado, solitario en esas madrugadas en que el frío se cuela, inclemente, por las rendijas de los grandes ventanales, hoy brillaba con especial intensidad y ni el ruido de los trenes ni esas estúpidas voces nasales que anuncian las salidas y llegadas podían relegar a un segundo plano la magia de aquellas manos sobre las teclas. No importaban los trenes. Importaba que no podía dejar de pensar, mientras miraba a ese pianista y escuchaba la música que emergía de su tacto, en todos los dedos que habrían tocado ese piano sin hacerlo sonar. Es algo así como cuando esas manos extrañas rozan nuestros cuerpos sin crear música con el tacto; como cuando esos dedos anónimos aprietan nuestras caderas y nos dejan cardenales sin una percusión bella que nos sepa a vida. Y es que amar, como alguien dijo una vez, es, a menudo, una pulsión de muerte.


From: http://greatdreamsfordreamers.tumblr.com/

Pero amar también es un acto de creación, aunque no todo acto de amor produzca música. Lo singular de todo este asunto es, sin embargo, cuando al final un día dos cuerpos destinados a encontrarse logran, con una química y roce perfectos, persuadirse a sí mismos de las percusiones mortíferas y elevarse por encima del ruido y la asonancia, reventando la barrera que existe entre la mediocridad y el talento. Algo así sucede con quienes intentan tocar el piano de la Estación Central. He visto no pocos intentos de hacerlo sonar con una percusión discontinua, desigual, mediocre y en ocasiones, intolerable, pero hoy, sin embargo, he sido testigo de cómo la química de unos dedos de cuyas yemas brota el talento es capaz de dar color a los días grises de los transeúntes que van y vuelven del trabajo como autómatas, sin más emoción que el deseo de unas vacaciones anticipadas. Entonces he vuelto a pensar en esas manos, todas esas manos grandes y pequeñas, ásperas y suaves, a menudo desconocidas e indiferentes y ajenas a lo que podamos sentir o soñar; unas manos que recorren nuestro cuerpo sin un destino, como trenes sin conductor, incapaces de crear música y llenando el ambiente de ruido. Y aunque sé que un día llegará alguien, cuando menos me lo espere, que al rozarme me permita darle sentido a un creacionismo artístico latente, haciendo de cada caricia una figura musical que hilvane, tras el acto de amor, una pieza completa, sé también que muchas otras manos rozarán esta piel sin crear más que un ruido ajeno que sonará hueco en esta absurda caja torácica.

El pianista ha dejado de tocar repentinamente. Un señor está hablando con él. No sé lo que le está diciendo. Vuelvo poco a poco al mundo real y dejando atrás el ensimismamiento que se había apoderado de mí segundos atrás me percato de que es hora de que coja el último tren para volver al trabajo. El piano vuelve a quedarse solo, esperando que alguien venga a él y sea capaz de hacerlo sonar. Veo cómo se aleja el joven pianista con su mochila a cuestas sin aplausos ni atenciones, cerrándose bien el abrigo y escondiendo la cara en la bufanda para resguardarse del frío. Se pierde entre la multitud, ya sin rostro, hasta convertirse en una mota gris de un cuadro pintado con la técnica del sfumato italiano.

En lo que a mí respecta, debo coger el tren o pasará de largo. Los trenes no esperan por nadie y los músicos cada vez esperan menos los aplausos. Sin embargo los cuerpos, vaya, los cuerpos siempre esperan, en barroca laxitud o agitación extrema, que otros cuerpos les insuflen magia haciendo posible un nuevo acto de creación; haciendo posible, de alguna manera y antes o después, una nueva pieza musical que los eleve más allá de los días grises y el sentimiento de no pertenecernos a nosotros mismos.

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