lunes, 7 de septiembre de 2015

Hoy

A menudo me vienen a la mente las noches de verano en el sur de España, aquella ciudad que nadie conoce aquí, los patos del parque, los paseos por las calles vacías o el ritual que preludiaba el éxtasis sobre las sábanas.

Aquí no ha habido verano. O sí, pero ha sido muy intermitente y corto. He trabajado tanto que tampoco he podido salir lo suficiente como para disfrutar de esos pocos días en los que el sol decide darnos un poco de calor. Este lugar se me antoja a menudo demasiado gris, pero tengo un truco un para combatir eso: sé cómo inventar un verano donde solo hay invierno. Solo tengo que recrearme en uno de los veranos más plenos, en el que más viva me ha hecho sentir. Para eso me siento sobre mi cama, abro la ventana, estiro las piernas, respiro hondo, siento que me imaginas mientras te imagino y pongo, en el proceso, todas esas canciones de la época en que dejaste de ser un extraño para convertirte en mi todo.




Es increíble el poder que tiene la música para transportarnos a lugares y a tiempos que se difuminan a medida que este río barre todo a su paso. Y es que nunca volveremos a ser los mismos que fuimos ayer aunque volvamos a donde solíamos gritar. La vida nos moldea y cada segundo cuenta. Los besos del verano pasado no volverán jamás y aunque lo hicieran, jamás serían los besos de los paseos interminables ni nuestras miradas serían las de esos dos locos jugando a saltarse las reglas.

Me atraviesa el pecho la imagen de andar sin rumbo fijo por aquellas calles para encontrarte en cada esquina; me desgarra el corazón recordarte mirándome desde la ventana del cuarto piso mientras yo te esperaba abajo con mi vestido negro. Eras mi ilusión, eras mi sueño; eras todo lo que yo quería ser y lo era yo a un tiempo si eso suponía quedarme a tu lado y despertar cada mañana junto a ti.

No quiero ser Katherine otra vez ni tampoco Lady Fantasy. No reconozco a aquellas mujeres cuando me miro cada mañana en el espejo. Sé que existieron y sé que amaron hasta la extenuación pero no recuerdo cómo eran. En su momento tuvieron una razón para existir pero ahora solo quedan cenizas y sombras, un hilo conductor hacia un recuerdo que está carcomido por el paso de los meses, los días y las horas inclementes. Esas mujeres, todas las que inventé para ti, ya no existen.

Pero qué se le va a hacer, puede que hoy sea demasiado tarde para volver, así que dejaré mi voz dentro de ti, para susurrar que ya no estoy aquí...






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