lunes, 5 de octubre de 2015

Un mundo feliz

Hoy me he levantado a las cinco de la mañana para coger un vuelo en el aeropuerto de Eindhoven. La cuestión es que de alguna forma me he despertado algo más sensitiva que de costumbre. El silencio de las calles era como el de los cementerios y me ha traído una paz que llevo buscando desde hace mucho tiempo. He hallado, además, un placer inmenso en el silencio de los transeúntes de la estación de tren, con sus manos apretando el café to go, buscando consuelo al hastío de sus vidas y al madrugón en ese líquido calentito de máquina.



Aquí el café es casi un ritual, algo así como las ceremonias del té en países orientales pero con menos glamour. Holanda no es Noruega o Suecia, desde luego, pero solo existen dos estaciones: otoño e invierno (con algunos días de verano intercalados, de acuerdo); entenderéis entonces por qué en este país el café proporciona tamaño consuelo. En invierno, cuando el frío nos corta la cara y nos atraviesa los huesos, un café entre las manos es esa mantita que nos espera en casa después de un duro día laboral. Pero como os decía, no solo disfruta de cierta paz quien porta ese café sino quien observa, antes de que comience el día, a toda esa gente somnolienta que espera encontrar en ese grano oscuro disuelto la fuerza suficiente para enfrentarse a todo en un país en que se exige tanto. Tantísimo.


 Yo les observo siempre que madrugo y noto la diferencia cuando la madrugada expira para dar paso a un aburrido día laboral. Entonces la gente ya no me inspira paz; ya el sueño ha huido de sus rostros y sus pasos han dejado de ser lentos. Sus miradas ya no miran hacia ninguna parte, sus mentes ya no evocan las sábanas calientes que han dejado en casa. Ahora todos caminan muy rápido, no ven a nadie; no les importaría pasar por encima de ti si eres un obstáculo entre el camino que va desde su ubicación al trabajo. Noto como la respiración tan siquiera es baja, como la que tenemos cuando soñamos y dormimos en paz. Ahora se mueven impulsados por la inercia de la vida occidental y de un capitalismo inclemente. Yo debo no haber despertado del todo porque aún sigo observando y mi mundo se mueve lento mientras el de los demás se mueve muy deprisa.

El sistema existe para que vivamos, efectivamente, por inercia; para que la introspección de los amaneceres se torne ceguera; para que los días pasen sin que nos demos cuenta mientras nos levantamos y acostamos como robotizados y aletargados, no ya por el sueño en las pestañas sino por la vida que nos propone el sistema. Y dado que no podemos huir de él, por ansiedad que nos cause, siempre nos quedará recurrir al consuelo de una taza de café caliente.

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